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“Quien quiera conocer su vía que cierre los ojos y camine en la oscuridad”

                                                                         San Juan de la Cruz

“Nada tiene una influencia psicológica más fuerte en su ambiente y especialmente en sus hijos, que la vida no vivida de un padre.”

Carl Jung

Hace sólo unos días que caí en la paradoja. Fue de una manera seca, desabrida, fulgurante. Probablemente ya llevaba días, o meses, rondándome el pensamiento. E incluso, muy probablemente habría hablado – u oído – de sobre ello, de pasada, en una de esas conversaciones intrascendentes en la que uno casi ni está, en las que se tiene la cabeza en otro sitio. O quizás, lo haya leído en internet…

Pero hasta el otro día no lo vi claro, con rotundidad y no sin cierta preocupación.

Resulta que me hallaba delante del ordenador, como cada día, como cada hora, leyendo artículos, buscando información, anotando, subrayando, memorizando, por mi dedicación profesional, pues trabajo como coach formador experto en inteligencia emocional, enfocado tanto a la empresa como al sector educativo, y dentro de éste, con cierta especialización, al sector de las escuelas infantiles donde contribuyo a reforzar y desarrollar las competencias emocionales de los monitores/as y técnicos/as encargadas del cuidado de los niños. Pero también por una inquietud personal: el deseo de ser el mejor padre posible, tener el mayor número de herramientas posibles para ayudar a mi pequeño de cinco años, para que llegue a convertirse en un adulto formado, con valores, emocionalmente competente, con las habilidades sociales óptimas, etc…

Recuerdo que estaba yo en la tarea, concretamente descargando y leyendo artículos y contenidos que tenía guardados cuando mi pequeño vino a decirme que se aburría y que no sabía a qué jugar. Esto le ocurre a menudo: se aburre. Se aburre  cuando  papa no juega con él. Jamás se aburrió jugando con papa. En muchas de esas ocasiones en las que no sabe qué hacer, y en otras también,  con frecuencia viene a negociar conmigo, con su media sonrisa traviesa y su inteligencia viva de cinco años, para que le permita usar la tablet, el ordenador o cualquier otro dispositivo digital a su alcance. Cuando viene a buscarme y pedirme que juegue con él, como en esta ocasión, mi respuesta, muy a menudo, es que papá tiene que trabajar, que estudiar, que tengo que leer y aprender todas aquellas “letras” para mi trabajo y para llegar a ser un buen “papa”…

Y entonces fue cuando me di cuenta, cuando caí en esta terrible contradicción y empezó a orquestarse, haciéndose real, lo que he expresado en las primeras líneas de este artículo.

Consumimos miles de líneas de artículos, de contenidos: post, ensayos,… que nos informan sobre cómo ser buenos padres, cómo desarrollar y perfeccionar las competencias que nadie nos ha dado, pues no nos han formado para tal fin. Pasamos tiempo leyendo, reteniendo, apuntando, subrayando cómo comportarnos, cómo ser un mejor guía y educador para nuestros hijos. ¿Quién no ha leído varios libros durante el embarazo? ¿Quién no lee, o guarda para leerlo después, artículos y post con los que diariamente nos cruzamos y nos bombardean en internet?

Y mientras nos saturamos de información, que no de formación, porque esa es otra, esa distinción no es sutil sino contundente, nuestros pequeños se aburren,  se exceden (porque lo permitimos) el tiempo de uso correcto, o idóneo, de los dispositivos digitales, o simplemente “están” sin nosotros.

Mirándolo ahora así, después de haber caído en la cuenta, en este afán nuestro de ser mejores padres es como si quisiéramos aprender a correr, o a nadar o a montar en bicicleta, a perfeccionar todas estas habilidades, leyendo artículos y post en internet. A un coste, y esta es la parte más descarnada de mi paradoja, muy alto.

“Los 10 consejos básicos sobre la educación del niño”. “Los cuatro errores que todo padre comete”. “Cinco formas de criar a un niño exitoso”. “Nueve maneras de mal criarlo”. “Siete motivos por los que nuestro hijo terminará siendo un delincuente”. “Cuatro fórmulas (¿Cómo pueden cuatro anular a siete?) para evitar que termine siéndolo”…

En este afán de búsqueda de “información” me he cruzado, y ya conozco, el concepto de “Hiperpaternidad”. El de “Alumhijos” de José Antonio Marina. La Nueva educación, La Educación emocional. He leído sobre psicología, sobre neurociencia, sobre inteligencia emocional… lo he leído todo, mientras me creaba el deseo de leer más.

No recuerdo quien decía (o escribía) que las redes sociales estaban para llenarlas de lo que sea, y que ese “lo que sea” no podía ser de otra cosa que de contenidos. Vídeos, post (quizás como éste), artículos, frases, fotos, citas… Como una especie de agujero negro que devora todo lo que se le echa, tragándose no solo a Jonás y su complejo, sino también a la ballena.

Con frecuencia digo en mis charlas y talleres que a veces, la formación, o una parte de ella, sobre todo esa que tiene un tinte lejano de ansiedad cuando empieza a convertirse en “sobre-formación”, es el refugio de los que tienen miedo de salir al mundo (llámese mercado laboral u otra cosa…) y empezar a convertir en valor lo que ya saben, lo que ya tienen, pero sobre todo, lo que ya son.

Y estos días me estoy preguntando si no será esta misma situación la que vivimos como padres. Si no tendríamos que ponderar lo que ya somos en lugar de poner el foco, continuamente, en lo que no sabemos, en nuestras carencias. Porque estas carencias, y esa búsqueda continua para llenarlas, nos aleja de lo verdaderamente importante, dividiéndonos, restándonos, subrayando nuestras ausencias.

A estas alturas del post, supongo que nadie pensará que mi interés es demonizar la formación en general o la información valiosa de ciertos contenidos que encontramos en blogs y artículos de referencia que existe en internet. El pecado, en general, rara vez es por defecto, casi siempre es por exceso. Y el nuestro, como padres, al que me refiero en este artículo, suele ser por omisión.

Yo, que los he leído todos, declaro que ya he tenido bastante, y que han sido suficientes para darme cuenta que un solo minuto con mi hijo, en lo que se refiere a aprendizaje como padre, vale por diez o más (muchos más) de estos artículos. Porque no consiste únicamente – ahora lo se bien – en lo que yo puedo aprender sobre él, sobre como ayudarlo, educarlo o guiarlo, sino también y sobre todo, en lo que yo puedo aprender con él, de mi mismo, a través de él.

Así que he resuelto la paradoja, poco después de haberse presentado. Y he apagado mi ordenador.

Matei, ¿quieres venir a Jugar?